
J. Plou

J. Plou
J. Plou

En la edad madura, el amor se posa,
como río tranquilo que en calma reposa.
No es fuego impetuoso ni llama voraz,
es un susurro dulce que nunca se va.
Ya no hay prisa loca ni tormenta errante,
solo un abrazo firme, tierno y constante.
Los años han tejido su manto dorado,
y en cada arruga un recuerdo amado.
El romanticismo en esta etapa serena,
es paz compartida, es luz que no quema.
Es mirar a los ojos con profunda verdad,
es amar sin miedo, con sinceridad.
No busca el esplendor, ni olas de pasión,
es un jardín cultivado con dedicación.
En la edad madura, el amor es canción,
que entona el alma con suave emoción.
J. Plou

J. Plou

¡Con la dicha de amor!
J. Plou

Vienes con el súbito resplandor de un hada madrina.
Estoy aguardando que se detenga el mundo.
Los músculos se me endurecen de tanto sostenerme.
La arena del reloj, se nos va terminando.
Aún sigo con mis poemas, me gusta que los leas.
Permíteme ahora que bese tu frente,
con el fin de que cumpla este ciclo de fuego
y la calentura que me rasa en los dedos.
Cuando te beso se llena de tu perfume el aire,
noto tu candidez como el libro de mis poemas,
tus labios son como fuentes de perfección.
J. Plou

J. Plou

En este camino de la vieja Castilla.
A un lado, el valle con rica flora,
para el otro, mala hierba, invasora
y en la ribera del campo todo arcilla.
Con el puro sereno en campo abierto
vuela mi pensamiento y fresco llega,
el viento trillando en la era; la paz niega
¡cielo airado, aire adverso, flujo incierto!.
Ando huyendo por el camino desierto;
porque el miedo me aflige y acobarda;
noto que me espera un destino incierto.
De pronto una luz en el firmamento,
aparece y me alegra el ambiente.
J. Plou

J. Plou

Esta mañana observo el movimiento
de las hojas,
los primeros rostros que marchan
al trabajo;
miro lo impreciso de cuanto existe ajeno
y nos rodea,
y a su manera nos define como
ajenos también.
Tan sólo el ocio frágil de la
imaginación,
puede asociar un día tantos datos
dispersos
y construir, sobre el caótico montón
de residuos,
un simulacro de saber.
Me cegó el énfasis soberbio de inventar
historias,
de otorgar sentido a todo. No supe ver
sino la luz,
o, cuanto más, lo iluminado.
Nunca me detuve a sentir o ver
en tus ojos,
tu cotidiana sensación de estar,
que nada recibes y lo das todo,
como un don.
Somos uno tuvimos piedad
de nuestros pájaros,
del solitario pato, del jardín
deshabitado.
El día viene ahora hasta nosotros como
presencia sólida,
y el aire que me azota dice que en el silencio
oscuro de mis pasos,
hoy caminamos los dos,
apoyándome en ti.
J. Plou