Terminó por fin el invierno,
las pardas nubes que habían antes,
dibujaban los turbios horizontes
con gigantescas nubes divididas,
disipándose van. Ya no se escucha
rugir el viento sobre las rocas,
ni azotar las ramas secas.
Por el tranquilo firmamento,
tímidas bandas de fugaz blancura,
adornadas de plata y de oro.
Con ellas surge virginal la aurora,
sus contornos de luz en Oriente,
al mundo anuncia la feliz mañana.
En risueña cascada se desprende,
desde la alta montaña un salto de agua,
al prado llega, y lo fecunda y lo baña.
Las caprichosas márgenes matiza,
de tiernas flores que a su paso brotan
Y al dulce influjo de su cauce crecen.
Las aves en tanto ya se ocultan,
en el follaje oscuro, ya ligeras,
con armónico vuelo cortan el viento,
formando caprichosos círculos,
lucen sus alas de brillantes plumas,
suenan sus voces en armoniosos trinos.
La Naturaleza toda se levanta
fecunda en flores, llena de perfumes,
y como tributo de su amor,
lo ofrece al apacible cielo,
al encendido sol que la fecunda.
Así en el campo lleno de colores,
se siente un amanecer brillante,
y un claro, y bullicioso día,
Tibias y serenas noches,
Dulces las horas...
J. Plou
El poema es una reflexión sobre el ciclo de la vida y la renovación que trae la primavera. A través de su tono optimista, invito al lector a apreciar la belleza y la vitalidad de la naturaleza. La interconexión entre los elementos naturales y la celebración de su renacimiento se convierten en un recordatorio de la impermanencia del invierno y la llegada constante de nuevas oportunidades en la vida.