
Yo me senté a tu lado,
con miedo, no lo niego.
En el pecho me latía,
un corazón enamorado;
azul de cielo en los ojos,
sonrisa forzada en los labios
y el alma jadeante,
como un conejo atrapado.
Yo me senté a tu lado,
con miedo, no lo niego.
Me temblaban los labios,
para decirte: ¡Te quiero!
y en la mejilla un suave
color sonrosado.
Cuando dijiste:
¡Yo también te quiero!
fue tu voz un chorro de agua fresca,
en una tarde calurosa de verano.
Al mirarme con cariño,
lo mismo que un toro bravo,
quedé sobre la arena,
muerto de amor y sangrando
por cuatro lentos besos,
que me regalaron tus labios.
¡Qué música cantaba
el viento sobre los álamos!
¡La luna que nos vió,
iluminó nuestro abrazo,
y qué olor el de tu cuerpo
a rosas recién cortadas!
Hoy es cierto que tengo canas
pero en cambio, cuando abrazo
soy lo mismo que la hiedra,
que me adhiero a tu cuerpo.
Tú conmigo; yo a tu lado
respirando de tu aliento,
andando tus mismos pasos,
refrescándome la cara,
en la palma de tu mano.
Qué importa que haya cumplido
setenta y pico de años?
¿En el código de amor,
no hay leyes que determinen,
la edad del enamorado.
El amor no tiene fronteras,
el cariño en mis poemas,
dice siempre: ¡Te quiero!
J. Plou



