
Hoy vengo a visitarte, querido mar,
alejándome de los calurosos días,
para contemplarte con el ojo humano.
Me acerco con pisada tenebrosa,
al principio de tu ser, a las raíces
donde alborea, la arena oscura,
la caricia primera de la tierra.
A visitarte vengo, querido mar,
en esta tarde infernal y lúcida
mientras la luna, desde arriba, arroja
sobre las cabezas una luz calcárea
y en la línea del horizonte hiere
su duro, lento y solitario ocaso.
Querido mar. Desde hace siglos palpita
tu blando corazón contra las rocas,
que ante tu orilla, la espuma siempre,
se baña mansamente o se derrumba,
fingiendo que es fango, donde solo existen
márgenes de ira para tus entrañas.
A ti, acudo, mar, en esta hora
porque el sonido de tu voz me llama
y en el fondo de mis entrañas siento,
removerse tu agua clamorosa.
Quieta y muda, la tierra, duramente
forma diques a tu invasora forma
que modifica los límites de los pueblos.
J. Plou








