
Qué hermoso el silencio del atardecer…
Qué hermoso el silencio del atardecer…

Qué hermoso el silencio del atardecer…
Qué hermoso el silencio del atardecer…

Siete décadas entre esas paredes,
setenta años de vida pagada día a día,
donde cada rincón guarda una memoria
y Maricarmen cuenta ochenta y siete primaveras.
Siete décadas cumpliendo el compromiso,
rendida al alquiler con impecable constancia,
hasta que la casa dejó de ser refugio
para convertirse en la firma de una inversión.
Llegó el fondo buitre desde la sombra del capital,
a multiplicar por cuatro el valor del techo,
transformando el hogar en una cifra,
la dignidad en un obstáculo para el beneficio.
Cuatro veces más o la puerta del desahucio,
sin espacio para el tiempo, sin respeto a los años.
En el parlamento, bajo la luz del pleno,
se debatió la ley que ofrecía amparo
a las familias vulnerables de la tormenta.
Pero tres partidos alzaron la mano en contra,
bloqueando la noción,
firmando con el voto la condena al desamparo.
En la calle, las voces salieron al frente,
una marea de manos alzadas por Maricarmen,
reclamando que la vivienda es un derecho
y no una mercancía al servicio del mercado.
Pero la respuesta a las pancartas fue el golpe,
la fuerza policial irrumpiendo en la protesta,
reprimiendo con violencia el clamor de la gente
que solo pedía justicia para una anciana en su propio hogar.
J. Plou

En el agua azul y clara,
donde las olas van y vienen,
nada un niño sonriente
con sueños que brillan y crecen.
Juega de boya valiente,
de espaldas al gran portero,
recibe el pase y se gira
con la fuerza de un campeón entero.
Protege el balón con cariño,
lo acaricia con emoción,
y cuando encuentra el momento,
¡lanza con todo el corazón!
Si no puede marcar la jugada,
no se preocupa jamás:
levanta la mirada y enseguida
a un compañero ayudará.
Porque además de ser brillante
en la piscina y al competir,
es tierno, alegre y cariñoso,
un niño especial de verdad.
Entre abrazos, risas y goles,
va dejando su luz y su alegría;
pequeño gran boya del equipo,
¡qué orgullo verte cada día!
J. Plou
J. Plou


J. Plou

En Penitence, bajo el sol ardiente,
llega una historia de emoción,
un matrimonio rico y muy besucón,
protege su fortuna con pasión.
Jorge y Laura, entre abrazos y besos,
traen el dinero con gran ilusión;
su amor parece blindar sus ingresos,
más que cualquier fuerte protección.
Jep, sheriff de noble apariencia,
vigila el tesoro con responsabilidad,
aunque algo cobarde, cuando hay peligro,
prefiere atribuirse la heroicidad.
¡La victoria fue mía!, orgulloso se proclama,
mientras mira de reojo la situación;
pero todos saben que, al final de la trama,
otro merece la ovación.
Llegan los hermanos Mórgan, decididos,
con ambición y malicia sin igual;
quieren llevarse el dinero del banco,
pero encuentran un obstáculo fatal.
El ayudante del sheriff, firme y valiente,
se enfrenta a los ladrones sin temor;
impide el robo, salva la fortuna
y demuestra quién merece el honor.
Jorge, Laura y el ayudante brillan
como estrellas en la gran aventura;
tres actores extraordinarios
que llenan Portaventura de emoción y bravura.
Y aunque Jep cuente la hazaña a su manera,
la verdad resuena con claridad:
el amor, el valor y la lealtad
son los héroes de esta historia sin igual.
J. Plou

En el ojo invisible que todo ve,
cámaras vigilan sin cesar,
lectores de matrículas sin detener,
drones en vuelo, listos para actuar.
Satélites que desde el cielo alumbran,
que localizan todo movimiento,
que las inteligencias no sucumban
mandando datos al momento.
No es historia lejana ni ficción,
es la era que hoy nos abraza,
la vigilancia en constante misión,
presente en cada paso, en cada plaza.
Entre luces y redes, somos señal,
huellas digitales que quieren atrapar,
¿libertad o control? Dilema actual,
en este mundo que empieza a vigilar.
J. Plou

Podéis llamarlo *desastre natural*
todas las veces que queráis,
ponerle nombres de tormenta,
de azar, de fuerza inesperada.
Pero cuando los glaciares
pierden su lengua de hielo,
cuando el terreno se desestabiliza
y las montañas comienzan a venirse abajo,
la naturaleza no improvisa:
responde.
Responde al aire que calentamos,
a los mares que suben en silencio,
a los bosques que arden
bajo un cielo cada vez más enfermo.
El cambio climático
no necesita permiso
para entrar en escena.
No espera aplausos
ni discursos preparados.
Ya está aquí,
en la grieta que se abre,
en el río que desborda,
en la casa que desaparece,
en el nombre que queda
sin respuesta.
Podéis llamarlo *desastre natural*,
pero no olvidéis la verdad:
la naturaleza no es culpable
de devolvernos
lo que le hemos hecho.
Y mientras el hielo se retira
y la montaña pierde el equilibrio,
el planeta nos habla,
cada vez más alto.
Ya está aquí,
cobrando vidas.