
Sentado en nube blanca y silenciosa,
con rostro de muñeco y dulce mirar,
vigilo el cielo, aprendo a soñar
mientras la luz me envuelve, generosa.
No pesa el tiempo en mi figura hermosa,
ni duele el mundo al verlo reposar;
mis manos guardan paz, saben amar
como un recuerdo fiel que no se agota.
Bajo un arco de sueños y colores
sonrío al alma que me está mirando,
regalo calma, fe, pequeños soles.
Así, en lo alto, queda eternizando
la simple dicha, lejos de temores:
un corazón de niño, siempre soñando.
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