sábado, 10 de enero de 2026

Manual para sobrevivir al verano

 

Tengo ganas de que abran las piscinas,
no para tirarme de cabeza,
que ya no estoy para heroicidades acuáticas,
sino para meter los pies y que se refresquen las ideas…

Las chanclas hacen chas, chas, no por ritmo,
sino por insistencia, como diciendo:
“vamos despacio, campeón”.

Hace calor en todas partes:
En el súper, en la farmacia, en el cine,
en el oftalmólogo salgo viendo hasta el futuro,
pero sigo sudando.
Esto no lo arreglan ni las dioptrías.

Que haya árboles, por favor,
no por romanticismo,
sino para que la sombra
no tenga que improvisar.
Y brisa, esa que mueve las hojas,
como si también estuvieran cansadas.

La noche tiene más encanto:
Todo se disimula mejor,
los gatos son pardos y uno también.
Las risas se oyen a kilómetros,
los niños que aún resisten,
se vuelven más traviesos
porque ya da igual todo,
y los pajarillos nocturnos
hacen de disc jockey discreto.

Luego está la música del bar,
ese ataque sonoro que nos obliga a gritar
como vendedores de melones
(de la Mancha, por supuesto que son los mejores).
Uno se subiría a la mesa a bailar,
si la artrosis no llevara el mando a distancia,
así que mejor sentarse antes de que la fiesta acabe
en urgencias y con volante.

¡Pero oye! lo pasamos bien.
Y eso, aunque crujan las rodillas
y el verano llegue con advertencias,
lo compensa todo.

Porque en nuestras veladas nocturnas
no falta nada:
ni ruido, ni calor, ni nostalgia…
ni ganas de repetir, pero sentados.


1 comentario:

  1. Es increíble , comprobar y aceptar , como tu reflejas , la percepción del verano como algo irremediable tan deseado y disfrutado en otro tiempo y tan inevitable , inalcanzable pero d es importable , en r en l otoño de nuestra vida

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