
Igual que sobre la maceta se adormece una rosa,
quisiera que tu cabecita dormitara en mi hombro,
espontánea, caída, comprensiva, mimosa,
sin un soplo de miedo, ni siquiera de asombro.
Y contemplar tu rostro a la luz de una estrella,
al contacto de tu boca y de tu frente,
como contemplo la rosa inclinada sobre ella,
y el juego de chorros de la fuente.
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