Lo que hallé en ti, justamente,
no fue sino el sabor de tu ternura;
un dulce fruto, un pan sin amargura
y el agua de la vida allí presente.
Junté las manos y elevé la frente
para darte el amor, por tu dulzura,
mi corazón recóndito; por ventura,
te ofreció el amor humanamente.
Guardo de tu piel el sabor,
escrito en un poema,
como señal de nuestro amor.
Yo soy la vida y tú el amor. Y el fruto
del encarnado amor, en un minuto
cuajó la eternidad de mi esperanza.

No hay comentarios:
Publicar un comentario