
Todo me gustaba en ti, mi alma ardía:
porque eres más divina que una santa.
Me gustaba el color de tus cabellos,
el eterno brillo que hay en ellos;
me gustaba lo bonito de tu risa,
de esa risa más ligera que la brisa;
me gustaba el azul de tus ojos
y la lujuria de tus labios rojos...
Y hoy en ti, todo me encanta;
la fina tersura de tu garganta,
la blancura de tus tersos senos
que el placer mantiene llenos.
Y aquellos labios excitantes,
que besaron mis labios lujuriantes
cuando abatí, rendido, mi cabeza
rezando ante el altar de tu belleza.
Todo me gusta en ti; mi alma te ansía:
por eso decidí un día hacerte mía
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