Éste es un amor que tuvo su origen,
en un principio con un poco de miedo
y una ternura que empezaba a nacer.
Un amor bien nacido del mar de sus ojos,
un amor que tiene una voz de ángel,
un amor que huele a aire y a nardos,
un amor que no tiene remedio, ni salvación.
Éste es un amor rodeado de jardines y de luces
y de la nieve de una montaña de febrero,
de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe,
por qué llega el amor y luego las manos,
esas manos delgadas como el pensamiento;
se entrelazan con un suave sudor de “otra vez miedo”,
brilla como las perlas abandonadas
y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,
los miles y millones de besos se parecen al fuego
y se parecen a la derrota y al triunfo
y a todo lo que parece poesía y es poesía.
Ésta es la historia de un amor con tiernos orígenes:
nos veíamos después de un largo camino
y la distancia era como un inmenso océano
y las visitas tan breves como una sonrisa sin luz
y sin embargo ella me tendía la mano
y yo tocaba su piel llena de gracia
y entonces me olvidaba de mi nombre
y del nombre de las cosas y de las flores
y quería gritar y gritarle al oído que la amaba.
y que ahora ha adivinado que estoy inpregnado de amor,
hasta el alma y hasta los mustios labios.
Ya lo saben sus ojos y ya lo saben las palabras,
y que ella y yo sabemos que hemos de amarnos toda la vida
para no rompernos el alma y no llorar de amor.
J. Plou

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