
Cada día a su lado,
era como un jardín fantástico:
nacía la brisa a su paso;
era el cielo su inmensa mirada;
carmesí su boca franjada de blanco,
y era un césped su palabra.
Entre ella y el aire
mi amor era un manto.
La llevaba del brazo,
como fiel amante;
los besos rozaban
apenas su sien.
Sumisa la sangre,
oculta en sus ánforas,
tersa, leve, radiante
con su sonrisa plácida,
parecía una rosa gigante,
cuando le rozaba.
A su lado todo,
silenciosamente,
me llenaba el alma…
J. Plou
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