La noche había caído despacio sobre aquel pequeño pueblo, envolviendo las calles con ese brillo dorado que solo aparece cuando todo parece detenerse por un instante. Yo iba sin prisa, como si el destino supiera exactamente donde debía llevarme. El aire olía a verano prematuro, y a esa nostalgia que a veces nace incluso antes de que algo llegue a suceder. Fue entonces cuando la vi. No fue un encuentro cualquiera, fue como si el mundo entero se hubiera apartado para dejar espacio solo para ella. Estaba allí, sentada en un banco de aquel bar, donde tocaban música bailable un conjunto de personas mayores y ella, con esa serenidad de quien no necesita llamar la atención porque ya la posee toda. Su mirada era dulce, como si quisiera leerme sin esfuerzo. No era solo hermosa. Era como esas personas que parecen escritas por alguien demasiado inspirado. Su sonrisa tenía la precisión de una herida deliciosa. Su cabello caía con un descuido perfecto, sus ojos… sus ojos eran el tipo de lugar donde uno acepta perderse. Cuando me acerqué no hubo torpeza, solo la certeza absurda de que ya nos conocíamos antes de conocernos. Hablamos como si recuperáramos una conversación interrumpida años atrás. De sueños, de miedos que solo se cuentan cuando alguien logra desarmarte sin tocarte. Y, sin embargo, cada palabra de ella me rozaba más que cualquier caricia. La saqué a bailar y cuando nuestras manos se encontraron, fue un pequeño gesto, pero para mí fue como un incendio. La cercanía de su cuerpo, el perfume suave de su piel, la manera en que inclinaba la cabeza para mirarme… El primer beso no fue un beso, fue una rendición. Cada roce era una promesa, cada respiración compartida una forma de pertenecer y justo cuando su frente descansó sobre la mía, cuando estaba a punto de decirle que la estaba esperando toda la vida… Abrí los ojos. El techo blanco, mi habitación. Tardé unos minutos en entender la realidad. No estaba en un banco en el baile ni besos en la penumbra, solo el eco de un sueño demasiado perfecto. Me incorporé lentamente, todavía con la sensación de su presencia aferrada a la piel. Y entonces sonreí. Y hoy puedo decir que el sueño se hizo realidad, conocí a la increíble mujer de mi sueño y la hice mía. Quizá ese sueño fuera un adelanto. Con el tiempo entendí algo simple: Hay personas que primero llegan al corazón antes que a las manos.

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