
Te encontré en la orilla de la vida,
mi mente oscura y alocada,
se transformó en sumisa golondrina.
Venías de la luz, como una diosa,
llevabas la miel, el óleo, el sueño puro,
la paz olvidada por mi ángel.
Sabes la claridad que me ofrecías,
la llama que brotaba de tu mano,
el mensaje celeste que traías.
Luego, en punzante trenza de dolor,
te rodearon los vientos enconados
que lo soportamos con amor.
Como eres fuerte, ni el dolor te arredra,
eres amorosa y dócil. Contigo sigo,
abrazado a ti como la hiedra…
J. Plou
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