
Dos brazos sostienen el trono y la ley,
dos garras que aprietan el cuello del buey;
el uno de acero, las armas son su sazón,
el otro de incienso, cilicio y perdón.
El militar marcha con paso marcial,
portando en sus armas la fuerza estatal;
convierte el ultraje, con ciega altivez,
en honra y carrera de su inconsciencia vez.
Él frena los pueblos, impone el terror,
venera el engaño y lo llama honor.
Al lado, sutil, se desliza la cruz,
el cura que apaga de la mente la luz;
predica doctrina de humillación,
sagrado mercado de la sumisión.
Exclama paciencia, consuelo en el mal,
haciendo del rezo su oficio ancestral.
Se abrazan perfectos, la espada y el altar,
pues sabe el Estado cómo gobernar:
si el pueblo violento la fuerza rompió,
la voz de la iglesia su ardor amansó.
Mitiga las almas, rebaja el valor,
bendice las clases, pero se une al opresor.
No basta el castigo, la sangre o la herida,
se busca la culpa que rige la vida;
y así, entre las armas y la confesión,
se anuda el engaño de toda nación.
J. Plou
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