
Siete décadas entre esas paredes,
setenta años de vida pagada día a día,
donde cada rincón guarda una memoria
y Maricarmen cuenta ochenta y siete primaveras.
Siete décadas cumpliendo el compromiso,
rendida al alquiler con impecable constancia,
hasta que la casa dejó de ser refugio
para convertirse en la firma de una inversión.
Llegó el fondo buitre desde la sombra del capital,
a multiplicar por cuatro el valor del techo,
transformando el hogar en una cifra,
la dignidad en un obstáculo para el beneficio.
Cuatro veces más o la puerta del desahucio,
sin espacio para el tiempo, sin respeto a los años.
En el parlamento, bajo la luz del pleno,
se debatió la ley que ofrecía amparo
a las familias vulnerables de la tormenta.
Pero tres partidos alzaron la mano en contra,
bloqueando la noción,
firmando con el voto la condena al desamparo.
En la calle, las voces salieron al frente,
una marea de manos alzadas por Maricarmen,
reclamando que la vivienda es un derecho
y no una mercancía al servicio del mercado.
Pero la respuesta a las pancartas fue el golpe,
la fuerza policial irrumpiendo en la protesta,
reprimiendo con violencia el clamor de la gente
que solo pedía justicia para una anciana en su propio hogar.
J. Plou
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