
El sol tocaba el ocaso
y la luz tibia y dudosa
con un cielo al raso,
hacía la tarde hermosa.
Los dos estábamos solos,
mudos de placer y amores,
como un par de tórtolos,
trémulos y abrasadores.
En el valle ibamos viendo,
en el mar y en la apacible costa,
que lentamente se iba perdiendo
color y transparencia angosta.
A medida que la noche venía,
se adelantaba medroso,
nuestro amor, que se hacía,
más invencible, más precioso.
Hasta que, al fin, obseso
y trastornado, y tú hermosa,
estalló en ardiente beso
nuestra pasión silenciosa.
¡Ay! suspirando volvimos,
de aquel éxtasis de gloria,
sombra en el cielo, vimos
y en el alma euforia.
J. Plou
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