
Quiero que leas el poema,
que he traido a la espalda:
Soy como un perro que ladra
a las fieras del odio,
mientras la vida rueda
por la mitad de la noche,
sin saber dónde detenerse.
Traigo sueños en los bolsillos,
tristezas bajo la piel,
alegrías que apenas respiran
entre las ruinas del amanecer.
No quiero ver democracias romperse
como cántaros contra el suelo,
ni religiones vendidas,
al mejor postor del miedo
ni rebeliones que levantan
horribles banderas al viento.
He visto jóvenes cansados,
jóvenes que ya no quieren libertad,
porque les pesa demasiado
el precio para defenderla.
Y nosotros,
sin amor,
avanzamos a tientas,
como ciegos cruzando una carretera,
escuchando cerca
el rugido de los motores
y el silencio de los corazones.
Aun así, ladro.
Ladro para llamar a la esperanza,
para espantar la noche,
para que alguien recuerde
que todavía estamos vivos,
que bajo tanta ceniza
late un mundo posible.
Ladro,
porque mientras haya una voz
capaz de enfrentarse al odio,
la vida no habrá dejado
de marchar hacia la luz.
J. Plou
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