
Maricarmen ha muerto.
Tenía ochenta y siete años
y más de setenta
dentro de la misma casa,
con sus paredes aprendidas,
sus ventanas llenas de tiempo,
la vida doblada en los cajones.
El veintitrés de septiembre
la desahuciaron.
Ese mismo día,
como si la puerta cerrada
no bastara,
acabó en un hospital.
Después llegó la presión social:
las voces, las plazas,
las manos alzadas,
la dignidad haciendo ruido.
Hubo un acuerdo
para que pudiera regresar.
Pero Maricarmen no volvió.
Su caso llenó Sol,
encendió acampadas
por toda España
y puso la vivienda
en el centro de la política.
Su nombre cruzó pancartas,
telediarios, debates,
la boca de quienes prometían
que nadie quedaría atrás.
Ahora vendrán los pésames,
las palabras cuidadas,
las flores,
los minutos de silencio,
los comunicados que dirán
que su historia no se repetirá.
Pero una casa no es solo una casa.
Y perderla a los ochenta y siete años
no es un trámite,
ni una cifra,
ni una noticia de un día.
Maricarmen no llegó a volver.
Que no vuelva tampoco
el silencio
sobre quienes aún esperan
que una llave
signifique hogar
y no despedida.
J: Plou
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