sábado, 30 de mayo de 2026

LLEGAR A VIEJO



Setenta y cinco vueltas ha dado ya la Tierra,

un suspiro de verano, una brisa que se va;

mirar hacia el pasado es desatar la guerra

de ver lo que se quiso y lo que no será.


Decía el gran Gabo, con gracia y con ternura,

que el viejo solo es viejo si deja de amar,

pero es una mentira vestida de hermosura

cuando el cuerpo cansado comienza a claudicar.


Eres viejo cuando cuesta coger una moneda del suelo,

cuando el dolor aparece y la ilusión se apaga,

cuando el insomnio es largo y nos roba el consuelo,

y la palabra a veces en la boca naufraga.


Se es viejo cuando el tiempo se confunde en la memoria:

borroso lo de ayer, nitidez a los siete años;

cuando el olor a limpio se vuelve rancia historia

y el espejo nos muestra el más cruel de los engaños.


Es una enfermedad que prolonga su agonía,

nos vuelve intolerantes, nos roba la paciencia,

nos encierra en el cofre de la melancolía...

¡Qué jodido es ser viejo, perder la complacencia!


Dicen los filósofos que al nacer ya morimos,

pero hay tres estaciones en este viaje incierto:

Primero la infancia, el paraíso que vivimos,

un mapa sin amarras, un horizonte abierto.


Luego la madurez, donde solo sobrevivimos,

cargados de cadenas, de pactos y contratos,

vendiendo la utopía por el pan que consumimos,

muriendo poco a poco con grises relatos.


Y llega al fin la vejez, tiempo de descontar,

al descubrir la estafa, el engaño acumulado;

limpiar la vieja basura para poder respirar,

soltar los lazos rotos de un orden oxidado.


Es volver a ser niño, con ojos renovados,

buscar en el principio la libertad perdida;

gritarle al universo, con los días contados,

que el sueño de la infancia fue la única vida.

J. Plou

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