
Entre dudas de asfalto y de rutinas,
pensó mi mujer que la tarde sería fría,
cincuenta años de Repsol y de oficinas,
un protocolo que aburrir solía.
Pero el destino guarda sus sorpresas
en los recodos de la vieja acera,
y al sentarnos de pronto ante las mesas,
se disipó la gris expectativa.
¡Qué alegría encontrarnos con Miguel,
con Antonia y su hermosa dinastía!
Su hijo, su nuera, y el motor de aquel
bello cuadro: Gerard, que sonreía.
El tiempo, que es un río que no para,
se detuvo en la mesa un largo rato,
mientras la vieja historia se aclara
y el reencuentro firmaba su retrato.
Recordamos momentos de otro tiempo,
anécdotas vestidas de añoranza,
venciendo a la distancia y al olvido
con la más pura y libre confianza.
Nos lo hemos pasado fabulosamente,
con la risa flotando en el ambiente.
Una reflexión para el camino:
La vida pasa rápido y los buenos momentos
no deberían ser la excepción de un aniversario.
Nos debemos, sin duda, un café,
una paella o cualquier excusa.
Debemos vernos más a menudo.
J. Plou
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