jueves, 11 de junio de 2026

APARICIÓN EN LA PENUMBRA



Por la noche, con la luz apagada,

en el silencio en una noche cerrada,

buscaba el mundo a través del cristal,

en las rendijas de un viejo ritual.

Día tras día, la escena volvía,

una costumbre que el alma exigía:

mirar de frente, sin ruido ni voz,

el breve instante de un soplo veloz.


Justo en frente de mi ventana,

aparecía puntual y cercana.

Bajo la tenue claridad de la luz,

iba cargando su hermosa cruz:

lentamente, quitándose el velo,

desdibujando la noche y el cielo.


Sus ropas caían sobre una silla,

en una danza suave y sencilla.

Primero las prendas grandes, pesadas,

luego las leves, las más delicadas,

hasta que el lienzo por fin revelaba

el puro color de la piel que habitaba.


Andando a pasos, o bien sentada,

su silueta quedó grabada;

tenían sus gestos la gran inocencia

del que no sabe que hay presencia

y la imprevista y dulce ternura,

del cansancio de una jornada dura.


Cuando la figura a la sombra volvía,

en medio de la penumbra yo maldecía,

los apresurados golpes del pecho,

ya más calmados sobre mi lecho,

se aquietaban por fin, poco a poco,

tras el delirio de un sueño tan loco.


Nunca supe su nombre, es un hecho,

ni guardo su cara dentro del pecho;

su voz y su rostro son un misterio,

un espejismo flotando nada serio.


Sin embargo, en el tiempo lejano,

con catorce años y el libro en la mano

(de una Química que no comprendía)

mi turbia mirada la perseguía.

Hoy todo es humo, distancia y memoria,

pero en mis ojos... se queda su historia.

J. Plou

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