
Por la noche, con la luz apagada,
en el silencio en una noche cerrada,
buscaba el mundo a través del cristal,
en las rendijas de un viejo ritual.
Día tras día, la escena volvía,
una costumbre que el alma exigía:
mirar de frente, sin ruido ni voz,
el breve instante de un soplo veloz.
Justo en frente de mi ventana,
aparecía puntual y cercana.
Bajo la tenue claridad de la luz,
iba cargando su hermosa cruz:
lentamente, quitándose el velo,
desdibujando la noche y el cielo.
Sus ropas caían sobre una silla,
en una danza suave y sencilla.
Primero las prendas grandes, pesadas,
luego las leves, las más delicadas,
hasta que el lienzo por fin revelaba
el puro color de la piel que habitaba.
Andando a pasos, o bien sentada,
su silueta quedó grabada;
tenían sus gestos la gran inocencia
del que no sabe que hay presencia
y la imprevista y dulce ternura,
del cansancio de una jornada dura.
Cuando la figura a la sombra volvía,
en medio de la penumbra yo maldecía,
los apresurados golpes del pecho,
ya más calmados sobre mi lecho,
se aquietaban por fin, poco a poco,
tras el delirio de un sueño tan loco.
Nunca supe su nombre, es un hecho,
ni guardo su cara dentro del pecho;
su voz y su rostro son un misterio,
un espejismo flotando nada serio.
Sin embargo, en el tiempo lejano,
con catorce años y el libro en la mano
(de una Química que no comprendía)
mi turbia mirada la perseguía.
Hoy todo es humo, distancia y memoria,
pero en mis ojos... se queda su historia.
J. Plou
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