
¡Oh! Tierra, mi dulce objeto de frenesí,
mi corazón late ebrio de gozo por ti.
He escalado la gran montaña en este día
y desde el Cielo mi vista cae con alegría.
La Tierra y el Sol son la misma patria dorada,
pero en tu suelo mi alma queda extasiada,
Desciende Tierra, con tus nieves puras y frías,
crece con tus vientos en salvajes melodías.
¡Que los torrentes se despeñen sin calma,
que ese río desborde e inunde mi alma!
Que yo escuche en mi pecho el latido profundo,
el canto augusto de las aguas del mundo.
Frente a la inmensidad extiendo los brazos,
buscando estrecharte en eternos lazos.
Mis manos acarician el horizonte suave y ágil,
donde oscila el tapiz de los sembrados, tan frágil.
Es una onda pálida bajo el cielo azul que brilla
y la misma caricia en mí se vuelve sencilla,
musical y vibrante, recorriendo mi ser,
viendo la Tierra noto mis sentidos florecer.
En tu aire cristalino se destacan aldeas a lo lejos,
techos rojos que del sol reciben reflejos;
¡notas claras que en los valles se visten de flores,
bajo la sombra de los árboles y sus verdes colores!
Y los campanarios de pizarras, al sol del mediodía,
destellan con una extraña y hermosa poesía:
tienen el reflejo cambiante, sutil y radiante,
de las gargantas de las tórtolas en vuelo constante.
J. Plou
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