viernes, 30 de octubre de 2026

EL OTOÑO DESCIENDE SOBRE EL MUNDO


 

Qué obscura cae la tarde entre los árboles,

qué filo tiene el aire cuando muere el sol;

el otoño desciende sobre el mundo

como una herida lenta,

como un silencio que conoce el dolor.


Alzo los ojos:

el cielo se derrama sin fronteras,

inmenso, limpio, cruel.

Y el mar, tendido bajo su dominio,

no responde,

no tiembla,

no recuerda.


Sólo una luz pequeña en el horizonte

vacila como yo;

un punto débil, casi consumido,

que imita mi existencia

y arde sin saber por qué.


Todo pensamiento nace demasiado intenso.

Mis nervios son cuerdas tensas

bajo los dedos de la noche;

cada estremecimiento

se convierte en herida,

cada belleza, en golpe.


¡Naturaleza, detente!

No abras más tu claridad sobre mis ojos,

no tientes mi deseo con tu pureza,

ni pongas frente a mi orgullo

la eternidad serena de tus formas.


Tú permaneces.

Yo paso.

Tú callas.

Yo grito.


Y en este duelo sin testigos,

frente al cielo, frente al mar,

el poeta contempla la belleza

hasta que la belleza lo vence,

y cae,

con un último temblor,

dentro de la tarde.

J. Plou

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