
Qué obscura cae la tarde entre los árboles,
qué filo tiene el aire cuando muere el sol;
el otoño desciende sobre el mundo
como una herida lenta,
como un silencio que conoce el dolor.
Alzo los ojos:
el cielo se derrama sin fronteras,
inmenso, limpio, cruel.
Y el mar, tendido bajo su dominio,
no responde,
no tiembla,
no recuerda.
Sólo una luz pequeña en el horizonte
vacila como yo;
un punto débil, casi consumido,
que imita mi existencia
y arde sin saber por qué.
Todo pensamiento nace demasiado intenso.
Mis nervios son cuerdas tensas
bajo los dedos de la noche;
cada estremecimiento
se convierte en herida,
cada belleza, en golpe.
¡Naturaleza, detente!
No abras más tu claridad sobre mis ojos,
no tientes mi deseo con tu pureza,
ni pongas frente a mi orgullo
la eternidad serena de tus formas.
Tú permaneces.
Yo paso.
Tú callas.
Yo grito.
Y en este duelo sin testigos,
frente al cielo, frente al mar,
el poeta contempla la belleza
hasta que la belleza lo vence,
y cae,
con un último temblor,
dentro de la tarde.
J. Plou
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