
No quiero armas
dormidas en las manos de la patria,
ni cuchillos que aprendan
el idioma del miedo,
ni rifles apuntando
a la misma tierra que nos sostiene.
Quiero manos enormes,
manos capaces de arrancar fronteras
una a una,
como quien desprende espinas
del corazón del mundo.
Que no quede más límite
que el aire:
sin bandera,
sin dueño,
sin alambradas.
Que nadie guarde la tierra
como un traje encerrado en un armario,
ni la nombre propiedad
con letras de hierro.
Que todos puedan pisarla
como todos respiran,
con la misma necesidad,
con el mismo derecho.
Tomaría las guerras por la punta,
las sacaría del paisaje
como malas hierbas,
y dejaría los campos abiertos
para que regresen los niños,
los pájaros,
la lluvia.
Abriría la tierra para todos
como se abre una ventana,
como se ofrece el pan,
como se comparte el aire.
Porque el aire no es de nadie
y, sin embargo, nos pertenece a todos.
Cada pecho guarda una parcela,
cada vida, un espacio invisible.
Y mientras respiremos juntos,
que ningún muro diga
dónde termina el mundo
ni dónde empieza la libertad.
J. Plou
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